Qué Hacer Para La Depresión Infantil

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Qué Hacer Para La Depresión Infantil

En este artículo hablamos de la depresión en los niños, que son los indicadores que los padres deben tener en cuenta. ¿Cómo se manifiesta la depresión infantil, cuáles son sus causas y cómo es posible intervenir?

La calidad de la relación entre madre e hijo es esencial para un crecimiento adecuado y para prevenir cualquier malestar relacionado con la esfera afectiva. El elemento fundamental del trastorno depresivo, con su aparición a una edad temprana, está estrechamente relacionado con este vínculo.

De hecho, varios estudios han establecido y confirmado la importancia del intercambio de afectividad y comunicación entre ambos, no sólo en términos de gratificación verbal sino también de contacto corporal, y su constancia en el tiempo, para el desarrollo emocional.

Qué Hacer Para La Depresión Infantil

A continuación te mencionamos lo que puedes realizar para superar la depresión en tu hijo o hija.

Escuchar y comunicarse abiertamente con su hijo es lo primero que debe hacer cuando se enfrenta a una condición de incomodidad y si no se puede hacer de inmediato, debe dedicarle tiempo para que le cuente cómo ha hecho su día y si todo va bien.

Muy a menudo los niños disfrazan sus sentimientos por vergüenza o miedo, en este caso se les debe animar a que hablen haciéndoles preguntas que no sean demasiado invasivas pero que traten de entender qué dificultades sienten y, sobre todo, dando importancia y prestando atención a sus experiencias (no devaluándolas).

Los contextos de conmoción pueden inducir situaciones de fuerte estrés emocional en el niño que conducen a un estado de depresión. En estos casos, es conveniente fomentar hábitos constantes para recuperar la atención a las tareas y al afecto que los padres pueden estimular con gestos sencillos como abrazos, abrazos y reconocimientos.

En situaciones más graves…. La escuela y los profesores aportan una contribución significativa que, como observadores atentos, podrían señalar el comportamiento “disfuncional” a la familia o a quienes cuidan del niño, mientras que en el diagnóstico específico interviene primero el pediatra, que comprueba la ausencia de enfermedades orgánicas que también pueden ir seguidas de una afección depresiva, y luego el psicólogo.

Se indicaría un camino psicoterapéutico, dirigido tanto al niño, a través de juegos específicos, como a la familia, que ayudaría al niño a recuperar sus habilidades emocionales y a restablecerse en el nivel de la relación, trabajando en aspectos relacionados con la pérdida.

Importancia de la comunicación

La presencia de estos elementos favorece un proceso de desarrollo sano y natural, a diferencia de lo que ocurre si, durante la infancia, el niño es separado de la figura de la condición de cuidador que, si perdura en el tiempo, daría lugar a una “renuncia” de la relación por parte del niño.

En el caso de que el niño sea separado de la madre, es fácil distinguir reacciones específicas que se dividen en fases: una primera protesta, seguida de una de desesperación y otra de desapego.

Durante la primera, es decir, cuando se realiza la extracción, el niño llora, se agita y trata de que sus padres se cierren en todos los sentidos, pero después de los dos o tres primeros días las manifestaciones agudas disminuyen y entra en la fase de desesperación durante la cual se niega a comer, se queda inactivo, se encierra en sí mismo y no pide nada a los que le rodean como si estuviera pasando por un duelo de verdad.

En la fase de desapego, la distancia emocional del niño de la madre es evidente y en esta situación, si la vuelve a ver, puede que no la reconozca o la evite.

Al mismo tiempo, acepta el cuidado de los que le rodean y, con mayor frecuencia, grita o llora. Por supuesto, debemos distinguir entre un estado de sufrimiento y un estado de depresión: en un estado de dolor, el niño puede expresar emociones de ira, enojo, evasión y rechazo que también son necesarias para promover su propio proceso de identificación y que se distingue bien de una condición depresiva que es consecuente, sin embargo, a una pérdida de bienestar resultante de la relación con el objeto que hasta entonces lo ha satisfecho.

La persistencia del sufrimiento induce una ira intensa que no se puede expresar y, por otro lado, aumenta la sensación de impotencia, lo que conduce a una reacción depresiva.

¿Padres sobreprotectores? Los niños pueden sufrir de depresión

Los impulsos agresivos (derivados de la emoción de la ira), con la consiguiente imposibilidad de expresarlos por parte del niño y la experiencia ligada a experiencias de separación o pérdida en el pasado remoto, son prodromales a la manifestación de procesos depresivos.

¿Cuáles son los indicadores que los padres o los adultos deben tener en cuenta?

Depresión en el recién nacido y el niño pequeño (24/30 meses)

Además de los indicadores proporcionados anteriormente también se observa comportamientos específicos en el niño en ausencia de atención materna: primero un lloriqueo y luego un retiro para volverse indiferente a lo que lo rodea, es decir, habla de una verdadera “depresión anaclítica” en la que el niño se vuelve inerte, aislado, anaceptivo, no muestra curiosidad exploratoria o, viceversa, se mece en la posición genupectoral y durante la noche desarrolla cadencias rítmicas solitarias y lamentaciones.

La auto-estimulación puede llevar a una auto-agresión real. Además, con respecto al crecimiento, puede haber un retraso en sentarse, caminar, controlar el esfínter, el lenguaje y todas las actividades y procesos que afectan una evolución normal en ese grupo de edad.

Depresión en niños de 3 a 5/6 años

Sus manifestaciones pueden asumir diferentes síntomas y seguirse con una separación o pérdida abrupta.

La actitud del niño adquiere características de aislamiento o repliegue, de calma excesiva o de inquietud e inestabilidad sin límites, de agresividad, de autoestimulación prolongada con posibles comportamientos masturbatorios repetitivos y compulsivos.

O una intensa investigación afectiva con las consiguientes actitudes de superioridad y rechazo de las relaciones debidas a los cambios de humor con estados de alternancia entre la agitación eufórica excesiva y el llanto silencioso.

Las actividades lúdicas con otros niños están ausentes, al igual que la limpieza diaria y la atención de la ropa. Hay dificultades para conciliar el sueño y despertares nocturnos frecuentes, pesadillas, somnolencia diurna, pérdida del apetito o ataques bulímicos, enuresis.

Se niega a entrar en la escuela porque está buscando una relación dual y esto lo empuja a poner en práctica conductas castigadas por el adulto para vivir el sentido de culpa en consecuencia. Expresa su incapacidad para socializar.

Depresión en niños de 5/6 a 12/13 años

Por un lado, muestra comportamientos vinculados al sufrimiento depresivo con autoestima, autoevaluación y expresiones lingüísticas de incapacidad e intolerancia (no puedo, no puedo, no soy capaz); – Por otro lado, muestra comportamientos de oposición y protesta ante sentimientos depresivos.

Alteraciones conductuales y emocionales de la ira, impulsividad y agresividad, robos repetidos, mentiras, comportamiento mitomaníaco, inadaptación, inestabilidad atenta y dificultades de concentración, sentimientos de culpa no son infrecuentes.

Los fracasos escolares son indicadores de su dificultad para adaptarse a su entorno y de su incompetencia relacional.

¿Cuáles son las causas?

Las reacciones depresivas son consecuentes:

A la falta de afecto de los padres, es decir, incluso a las breves ausencias del cuidado y a la atención materna mediocre, a una estimulación afectiva, verbal o educativa insuficiente o inexistente.

El comportamiento agresivo, repulsivo o desvalorizador induce en el niño un sentimiento de rechazo que lo empuja a encerrarse en sí mismo,

En presencia de una madre (o padre) deprimida con quien el niño se identifica.

A una relación distorsionada entre madre e hijo en la que el niño siente un sentimiento de inaccesibilidad hacia él y al mismo tiempo se siente incapaz de consolarlo, gratificarlo y satisfacerlo.

El niño se enfrenta a una emoción de culpa y frustración y comprende que la experiencia de la agresión es difícil de encontrar una salida.

Las separaciones o pérdidas sufridas por el niño, que han dado lugar a un estado de sufrimiento grave.

El apego y el consiguiente distanciamiento de figuras significativas como padres, abuelos, adultos o hermanos muy queridos por el niño produce un trauma no indiferente que puede perdurar en el tiempo o generar en él una fuerte ansiedad y abandono y por lo tanto vivir cualquier relación con el miedo a perderlos.

La reacción del niño, especialmente si es muy joven, puede caer dentro de la sintomatología psicosomática con anorexia y trastornos del sueño, trastornos diarreicos, eczema, alopecia, asma.

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